UN DRAMA

Una mañana de un día cualquiera, me acerqué distraída para mirarme al espejo,
una simple costumbre antes de salir y confirmar que todo esta correcto:
el maquillaje, el pelo, en fin, que nada desentona y en conjunto todo luce bien.
Fue entonces, de repente y sin venir a cuento,
que mis ojos se clavaron en esa mujer del espejo, a la que no reconocí,
aún sabiendo que esa era yo.

Así de sopetón, el paso del tiempo se presentó, me sacudió mi nuevo yo
y lela me dejó por el resto del día.
Nunca se está preparado para ese momento, ni siquiera lo ves venir,
llega a traición, sin tregua para preparar nuestro ánimo,
de cómo y cuándo se nos ha pasado la vida.

Ese día del espejo y para mi ya inolvidable,
las horas se hicieron pegajosas
y las agujas del reloj se quedaron pegadas en esa edad para siempre.

Me recuerdo yendo de la cama al sofá y del sofá a la cama, tan estirada como fuera posible y pregúntandome dónde había estado yo todo ese tiempo,
mientras los años se pasaban.

Ni siquiera fui capaz de salir ese día,
encerrada me quedé, rumiando mi pena por envejecer.

Salir y arriegarme a ser preguntada por alguien: ¿qué tal? Cómo estás?

– Estoy bien, solo que estoy envejeciendo –

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