Castigo de soñador

¡Qué solo se queda el que envejece!
Nadie adivina la procesión que lleva por dentro.
Ni la doble cara del alma:
entera por fuera,
y a pedacitos por dentro.

Reposando pensamientos, mirando al techo,
apenado su corazón, latiendo flojito,
como si pararse quisiera.
Y sus brazos en cruz,
cual manta sobre su pecho,
arropando su pena.

Tarde para lamentarse,
siempre soñando con otra vida,
siempre deseando lo que no tenía.

Media vida preguntándose:
¿por qué, por qué, y por qué?. 
¿Acaso no era aquí adónde quería llegar?
¿En qué parte del camino se perdió?
¿O fueron sus sueños los que le traicionaron? 

Mas hoy, que se prepara para envejecer,
las respuestas van llegando.

Es el pecado del soñador,
media vida creyéndose lo que no es, 
media vida creyéndose capaz de mucho más.

Y el mayor castigo de todos,
para el eterno soñador,  
la vuelta a la realidad.

.

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