Sin retorno

¿Cuántos de nosotros reconocemos hallarnos en un punto de no retorno? 

Ërase una vez en que vivíamos la efervescencia de los primeros días, cuando lentamente, de manera imperceptible, fueron cayendo uno a uno nuestros mejores años en la profunda oscuridad del ayer.

¿Y cómo sucedió, que el paso inexorable del tiempo nos arrebató nuestra preciosa juventud?  Ocurrió tan solapadamente que ni siquiera fuimos conscientes de lo que estábamos perdiendo tras años de soplar  velas.

Nos sorprendimos el día que se nos cayó la venda de nuestros jóvenes ojos, y nos vimos cada vez más cerca del final del camino.  Cuando las luces de la fiesta se empezaron a apagar y nunca más volveríamos a ser los mismos.

Y ese poema maravilloso, de Dylan Thomas: 

No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Cuando se acaba el día, 
enfúrecete, enfúrecete,
contra la luz que se esconde.

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