¡Ay mis circunstancias!

Entumecida mi persistencia y sofocados mis sueños, a punto de rendirme, vengo repitiendo mi nombre que es la única certeza que tengo, y así de repente, empiezo a comprender lo que me ha traído hasta aquí: mis circunstancias.

Tanteando muros, esquivando piedras del camino para no darme de bruces con ellas, mis veleidosas circunstancias se camuflan y cuando crees haberlas controlado, !zasca!, te sorprenden, te aturullan, te arrugan, te zarandean, vamos, que pueden dejarte boca abajo y patas arriba.

Ellas, nunca se sabe cómo vendrán vestidas, si, de rojo furioso, sí de pálido celeste, si de gris oscuro o de negro riguroso.  

La cuestión es que siempre nos hallan desprevenidos.  Y si encima llega a pillarnos en uno de esos días bajos, entonces mejor ni hablar.  

¡Ay mis circunstancias!, causa y efecto.  Mucho dependerá si voy por aquí o por allá.

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